Me rebasó
por la derecha en su carro rojo de uso y medio. Una letra A, medio cortada en
toda la puerta, señalaba que era un chofer de concho, eso claro y los
innumerables rayones que colecciona como
trofeos de guerra. Sin contar con que casi me choca, tuve además que frenar de
golpe para no chocar al forajido, que ahora para colmo, había decidido cambiar
de carril como por arte de magia. Dio la vuelta en U pocos metros después,
parecía un doble de la película orgásmica masculina “Rápido y Furioso”
Respire
aliviada pensado que ya el terrorista suicida estaba lejos cuando ¡oh sorpresa!
Aparece justo en el cambio de la luz
verde del semáforo y sin más, nos pasa por delante a todos los demás carros que
esperamos en la cola decentemente (si, sorpréndase usted). Por esquivar al que
nació de chepa, más de un carro cayó en
el monumental hoyo que adorna la avenida. Creo que esa fosa, es un túnel de comunicación
directa con el infierno y que en su honor, hay tantos talleres de mecánica justo
al frente por si acaso.
Ver su
brazo fuera, relajado, recostado en la ventana del carro; su cabeza rebotando
al ritmo de un requetón cualquiera y su cabello con más gelatina que la nevera
de un asilo, aumentaron las ganas inmensas de gritarle en cuatro idiomas que su
abuela no era virgen, pero, solamente me salió gritarle a todo pulmón (claro con los cristales arriba): “ ¡Te crees
el macho que más mea verdad!”
Admitámoslo,
con carteles de “Chivos sin ley”, semáforos numéricos y peajes humanos vestidos de verde, no hemos
avanzado en materia de tránsito, organización y respeto. Sin temor a sonar
quemada y fuera de contexto, me atrevo a concluir esta catarsis con un grito
desde lo más profundo de mi ADN dominicano con utopías cromosómicas de ser
europeo:
¡Sí al 4%
carajo!


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