
El sol de la una quemaba el pavimento. Las sirenas de los bomberos aullaban como loba, pariendo miedo en todos los lugares donde sus quejidos llegaban. El cielo se divisaba negrusco, y el olor a carne quemada gritaba la presencia del elemento más déspota carcomiendo vida.
Los curiosos llenaban de ojos las calles, entorpeciendo el trabajo de los bomberos. Los familiares gritaban desconsolados y a lo lejos los alaridos desesperados de los cautivos erizaban la piel hasta del más mal nacido e insufrible ser humano.
Ruido, gritos, preguntas, suplicas… el caos se apodero de Higüey. A poco pies del santuario de la virgen de La Altagracia, el infierno se hacia presente con todas sus llamas.
Los encargados de la ley, esos nombrados policías, incapaces y sin sentido común, mantenían los cerrojos puesto. Los cadáveres eran irreconocibles… en el suelo solo se veía cenizas y bultos negros mal olientes.
Mientras una gran multitud gritaba en el lugar de los hechos, los teléfonos no dejaban de sonar, y en todo el país solo se hablaba del Incendio de la cárcel de Higuey.
_ ¿Cuantos muertos? ¿Cómo paso? ¿Dejaran salir a los sobrevivientes? _ indagaba la prensa nacional e internacional
_ No sabemos, por el momento no hay nada seguro, se limitaban a contestar las autoridades.
Bajo sol y bajo techo, los higueyanos elevaban unidos suplicas al cielo mientras el fuego de la Cárcel borraba los secretos y limpiaba la conciencia de muchos culpables libres.

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